Ojos cerrados, imagen de mi Cristo por cualquier calle de mi pueblo y la magia empezó a apoderarse de mis oídos.
Placeres indescriptibles en universos paralelos.
Esta ventana no pretende ser más que eso, un espacio en el que comentar aquello que por cualquier motivo tengo ganas de compartir. No me comprometo a nada, tampoco espero nada a cambio. Bienvenido.
¿Qué hice tan mal?, me siento miserable al darme cuenta que no tengo quien escuche todas mis lamentaciones sin criticarme.
Si pudiéramos ver en reversa tan sólo unos segundos, sin juzgar, sin tener miedo ni rencores, si pudiéramos ver lo que es nuestra vida por unos segundos, con la cabeza fría…
¿Qué se nos viene a la mente?, ¿qué es lo primero que pensamos?. Sin duda son esos momentos súper pequeños que llegaron inesperadamente, sin ser planeados y que nos llenaron de felicidad, y nos hicieron sentir vivos...
En eso se basa la vida, en sentir las emociones, en disfrutar de las sílabas y las palabras de una conversación, en provocar la felicidad. Solo eso es lo que cuenta, solo eso, y por eso hoy mis ojos tienen rabia y desilusión.
Cuando enero amanece Pablo despierta nervioso y excitado. Ya se cerró la puerta de la atalaya que recubre de polvo los recuerdos del pasado. Hoy vuelve a bañarse en la ilusión de un niño de 30 años que tiene ante sí un encuentro esperado. Las cortinas descorren la mañana y es el momento de colgar el nuevo calendario en la antigua puntilla que como siempre aguanta desfallecida el paso de los años. Desde hoy Pablo marcará con el rotulador rojo las cruces del tiempo pretérito, de ese que ya no desespera, de ese que le va acercando cada vez más a la ilusión de un mundo de vísperas esperadas.
No lo tenía planeado, pero sin pensarlo ha remarcado varias veces con un círculo de rotulador un número exacto, el 2011. Este es el año se dice para sí, la fecha se acerca.
Desde entonces, cada mañana Pablo hará una cruz en el calendario y progresivamente su mirada se encenderá más, como el fuego que poco a poco va apoderándose de los troncos inertes que mueren en la hoguera.
Piensa de una forma rotunda que su existencia prácticamente dejaría de tener sentido si este 2011 no hubiese llegado. Lleva años pensando cómo será, imaginando los nervios de la mañana, la felicidad de cada minuto y los recuerdos imborrables que le proporcionará.
Pablo vive en la esperanza de que el rotulador rojo vaya desgastando su tinta y poco a poco le vaya anunciando que llega el día esperado. Pablo es feliz, lleva tiempo queriendo ver en el calendario los 4 dígitos que le anuncien el 2011. Esta mañana ha salido a pasear bajo el sol y todo le parece magnifico, para él la vida en este año se ha coloreado de felicidad.
Pd. Espero que este 2011 traiga días inolvidables para todos, y que sin necesidad de marcar cruces, el calendario se porte bien con nosotros. Vendrán bodas, niños, trabajos, amigos, viajes... seremos felices.
Corría la Nochebuena de 1906 cuando desde unos buques en alta mar los tripulantes, pegados a unos aparatos rudimentarios, escuchaban la primera transmisión radiofónica del mundo. Desde Massachusetts, Reginald Aubrey Fessenden trasladó los sonidos de violín de la canción Oh Holy Night a la vez que leía un pasaje de la Biblia.
Han pasado 104 años desde aquel hito. 104 años de sueños hechos palabras. De melancolías nocturnas hechas tristes canciones y de charlas, noticias, radionovelas y reportajes. 104 años desde que la radio pariera la ilusión de quien se siente compañero de las sílabas.
En estos días se desata la felicidad como por arte de magia y los corazones agradecen el reencuentro y los abrazos familiares. A mi nunca me ha latido el corazón más fuerte que la primera vez que me puse delante de un micrófono, y fue en la radio. Ese músculo rojo de pasión se me iba a salir del pecho cuando me dieron el ok para que empezara a relatar mi noticia. La voz me temblaba y no conseguía emular a aquellos que tantas veces había escuchado.
Cada nochebuena celebro los encuentros, los besos y los abrazos pero también celebro la magia de la radio. Esa que en 1920 se hizo regular.