Escribir me sigue gustando y mucho. Disfruto buscando palabras, asumiendo frases atrevidas, ortografiando mis pensamientos. Me lo paso bien palabrando ideas y tejiendo historias. Pero estoy en una etapa en la que no me importa el destinatario. Lo que escribo lo hago con el único efecto de disfrutarlo yo mismo. Es como un egoísmo creador que no necesita por tanto de ningún tipo de publicidad.
Hace tiempo que pienso que ya nadie espera encontrar nada en este espacio. Hace tiempo que pienso que mis reflexiones han dejado de interesar. Tengo la sensación de que cada vez tengo menos tiempo para utilizar en esto. El trabajo y otras aficiones ocupan casi por entero mi rutina, al menos en el reloj que cada cual llevamos alojado dentro de nuestra cabeza.
Pero sin embargo esta noche tengo ganas de volver a escribir aquí. Aunque nadie me lea, aunque nadie espere mis palabras, aunque a nadie la guste lo que cuento y cómo lo cuento. Hoy, al menos, he conseguido demorar mi intención de echar el telón al blog. Hoy cuento de nuevo con la esperanza de recobrar las ganas para seguir escribiendo en este papel fingido con casi tres años de vivencias.

Esta mañana he escuchado en radio que los países donde trabajar de periodista es más peligroso son México, Venezuela y Cuba.
En casa tengo un papelito en el que se puede leer “La radio es una fábrica maravillosa de fantasías. Suerte”. Está escrito con tinta azul y letras atolondradas. Entonces yo solo tenía 10, 11 ó 12 años, no recuerdo bien, pero si recuerdo perfectamente que aquella voz me alucinaba. La solía escuchar al otro lado del transistor siempre unida de forma indisoluble al carnaval. Para mí, aquella voz era pura copla al 3x4, era el alféizar de la ventana de mi carnaval. Esa voz me llevaba en volandas y me enseñó a amar al carnaval todos y cada uno de los días del año.