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martes, 29 de junio de 2010

Lectura

El sol había bostezado en el cristal varias veces antes de que la luz dorada de la lámpara del salón cobijara el final de la historia. Mis ojos resbalaban atropellados por los renglones de tinta que ahora más que nunca se me presentaban impredecibles. Los cabos se iban atando poco a poco en un natural desenlace que no me dejó apartar la mirada de la página ni si quiera cuando terminé la lectura. Hacía tiempo que no sentía placer leyendo. Hacía tiempo que un libro no me atrapaba como lo ha hecho éste. Las razones pueden ser varias y diversas pero así ha sido.

Admiro a los escritores y más aún a aquellos que escriben bien. Esos que te llevan donde quieren, que te enseñan algunas cartas y te escoden otras. Esos que te dejan imaginar hasta donde ellos deciden que así sea. Escribir un libro es un arte. No solo hay que saber escoger las palabras, sino ordenarlas, dotarlas de contenido, estructurar las ideas, volver a ellas, documentarlas, vaciarlas, desposeerlas de su significado habitual y convertirlas en piezas de un puzle imaginado.

Eran las 10 de la noche y había terminado de leer El Asedio, la última obra de Arturo Pérez Reverte que está ambientada en la Cádiz preconstitucional. Estaba solo y tan solo me imaginé.

Hay universos paralelos en los que a veces sentimos diferente. Podemos llegar a ellos escuchando música, pintando, rezando, soñando… y leyendo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Ayala

"Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero no termina de bajarse". Con estas palabras, pronunciadas en 2007, Francisco Ayala se refería a su longevidad, que se había convertido, por derecho propio, en todo un capítulo de la historia de la literatura española del siglo XX. Ese metafórico telón del que hablaba el escritor granadino, ha bajado esta misma mañana en Madrid pasadas las 12.

Con Ayala no solo se baja el telón, sino que se acaba la función del 27, de aquellos poetas que soportaron la persecución, el exterminio y el exhilio simplemente por ser valientes y escribir sobre un folio aquello que sentían y aquello a lo que nunca iban a renunciar, la libertad de expresión.

Hoy, con la perspectiva que dan los años, da rabia perder el último cachito de historia viva poética de aquel gran grupo. Entre guerras y compromiso ha transcurrido la vida de Ayala, un granadino de Argentina, Puerto Rico y Estados Unidos que llegó a decir con su innata timidez que estaba cansado de escuchar su nombre.

El Jardín de las Delicias, una obra suya escrita en 1971, foma parte de mi estantería. "Ya el libro está compuesto -dice Ayala en su última hoja- He reunido piezas diversas de ayer mismo y de hace quién sabe cuántos años; las he combinado como los trozos de un espejo roto, y ahora debo contemplarlas en conjunto. Sí; cuando me asomo a ellas, pese a su diversidad me echan en cara una imagen única donde no puedo dejar de reconocerme: es la mía". Y luego se reprocha: "¿Para qué escribo? ... El sarcasmo, la pena negra, la loca esperanza, el amor, la felicidad, otra vez el sarcasmo… ¿no basta con haberlo sufrido? ¿Era sensato preservarlo en un arca de palabras? ¿No es perverso el intento de querer oponerse a la fugacidad de la vida?"

domingo, 14 de septiembre de 2008

Lee hasta que te duelan los ojos

Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumergí en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quería escapar. Página a página, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última página. Me tendí en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resistí a rendirme. No quería perder el hechizo de la historia ni todavía decir adiós a sus personajes.